Regístrelo, ya que es lo suyo.
Fecha de emisión: un año cualquiera de la universidad,
usted en Santiago, ella en Valparaíso,
una carretera de por medio y un cerro de prestigio:
ella, ingeniería en minas, la católica del puerto;
usted, una carrera que se explicaba con la voz baja.
Desde ahí empezó a pedir perdón por existir.
Mírese en la pantalla del Skype, de noche,
ella con unas copas de más, usted preguntando,
preguntando como quien busca una llave en la arena.
Al otro día la sentencia: que la estaba interrogando.
Usted se disculpó. Siempre se disculpaba.
Sus errores llegaban a ella con altoparlante,
sus aciertos se perdían en la señal.
Eres muy tierno, le dijo. Eres como un amigo.
Tienes que ser más pesado.
Y usted, aplicado, tomó nota,
como si el amor fuera un procedimiento
con requisitos y una auditoría al final.
Después vino el tiempo, ese tiempo que ella pidió,
y que no era tiempo sino otra persona
que estaba cerca todos los días, sin carretera.
Ella hizo lo posible, dijo. Usted le creyó.
Usted siempre ha sabido creerle a la gente.
Un año después volvió. Se abrió la puerta.
Usted limpió la casa por dentro, ensayó frases,
y días antes ella dijo mejor no, esto no va a funcionar.
Septiembre del diecisiete: la última vez que la vio.
El dieciocho, que le daba pena que la buscara.
El diecinueve, un cumpleaños, una amistad de pocos días,
la historia de un ex que alguien funó,
y usted asintiendo, como un buen amigo, como le habían pedido.
Después, una receta. Ella supo que usted la guardaba.
Usted también lo supo cuando se la mandó.
Después, nada. Un mensaje sin respuesta.
Regístrelo: documento obsoleto, pero no retirado.
Ahora véase a los treinta y dos,
en una planta de Santiago que huele a vainilla y a cítricos,
cocinándose almuerzos que los demás llaman producidos
mientras usted no entiende qué tiene eso de virtud.
Véase saliendo a la hora, invitando a la del laboratorio
a compartir el Uber, el metro, la conversación que se corta.
Una tarde arrancó una ramita de lavanda antes de bajar al andén
y ella, sin que usted pidiera nada,
le mandó la esencia en un frasquito etiquetado
con un compañero, como se mandan las muestras.
Usted no supo si era un regalo o un trámite.
Probablemente era las dos cosas, como casi todo.
Véase en el lab de la otra, la que nadie saludaba,
usted yendo a conversarle cuando ya era tarde,
cuando la cagada ya estaba hecha,
y ella abriéndose de a poco, porque alguien fue.
Eso también regístrelo. Nadie más lo hizo.
Y hoy, camino al bus, pensó en la muerte.
La miró pasar como un recorrido que no le sirve,
la dejó seguir de largo, como dice Cioran que hay que hacer:
mirarla de frente para saber que no es la parada.
Regístrelo así, con su letra:
no es usted el hombre de la plaza al que evitan las palomas.
Es un hombre de treinta y dos con un frasco de lavanda en el velador,
un duelo viejo sin firmar
y una vida que todavía no tiene su versión final