Para esta comida de Navidad como nunca, habían llegado todos; tíos, tías, primos. Y yo no sentía nada. Solo una sensación horrible de estar desnuda, expuesta, como si me hubieran arrancado algo por dentro. Los miraba a la cara y pensaba lo mismo una y otra vez: ustedes votaron por Kast. Y no podía dejar de sentir que ya no eran mi familia. Eran gente que eligió un proyecto que nos desprecia, que nos odia, que quiere que volvamos a callar, a aguantar, a morir en silencio. A mí y a todas.
Los únicos que se salvaban eran mis primos chicos, porque todavía no pueden votar. El resto me daba pena y rabia al mismo tiempo. Pena por lo que son. Rabia por lo que eligieron.
No dije ni una palabra en toda la comida. Me quedé mirando el plato, tragando mucha bronca, quería gritar. No los quise mirar más. No terminé de comer. Me paré y me fui a acostar, con ganas de llorar. Porque quedarme ahí, haciendo como que no pasó nada, era traicionarme a mí misma.