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Hablas de Dios como si se tratara de una simple creencia, algo que uno puede adoptar o abandonar según el ánimo o la conveniencia, como quien cambia de opinión sobre un asunto cualquiera. Pero Dios no es eso. No es una hipótesis más entre otras. Es, en rigor, la condición misma bajo la cual algo puede ser verdadero, bueno, o incluso real para ti.
Cuando dices que puedes prescindir de Dios, crees que estás soltando una idea. Pero lo que en realidad estás haciendo es retirar el suelo bajo tus propios pies. Porque sin un principio absoluto, ¿en qué se sostienen tus juicios? ¿Qué impide que todo tus valores, tus decisiones, incluso tu propia identidad se disuelva en lo arbitrario?
No te engañes: no hay término medio aquí. O existe algo que funda el valor de las cosas, o todo queda reducido a mera apariencia, a juego vacío. Y en ese vacío, el otro deja de ser un fin, deja de tener dignidad; se convierte en objeto, en algo intercambiable. Pero en el momento en que haces eso, ya has comenzado también a vaciarte a ti mismo. Porque solo puedes reconocerte como sujeto en un mundo donde el valor es real.
Por eso te digo: no abandones a Dios como quien se deshace de una superstición. Si lo haces, no solo renuncias a una creencia; renuncias a la posibilidad misma de verdad, de ética, de unidad interior.
Y entonces aunque aún no lo veas, no será Dios el que haya desaparecido, sino tú mismo.