Esta noche llegó a mis manos un paquete plano y duro, sin remitente, envuelto en papel kraft como los mensajes clandestinos de antaño. Dentro, una tarjeta escrita a pulso decía: “Te quiero como mi revolución: libre, viva, igualitaria y rebelde”.
Al abrirlo encontré un espejo.
Me miré.
Y lloré.
¿Quién era esa mujer en el reflejo?
Domesticada.
Encadenada a gestos aprendidos.
Sumisa a un orden que nunca eligió.
El llanto no fue derrota, fue ruptura.
Fui al baño y me rapé la cabeza, mechón por mechón, como quien se despoja de siglos de obediencia. Abrí el ropero y busqué mi capucha, no como disfraz, sino como trinchera.
Ya no quiero reflejos impuestos.
Estoy lista para volver a la calle,
donde los cuerpos desobedecen,
donde la lucha no pide permiso,
donde la libertad no se negocia.