Chile inició su campaña mundialista con un contundente 3-1 sobre Australia gracias a los goles de Alexis Sánchez, Jorge Valdivia y Jean Beausejour. Días después llegó una noche inolvidable en el Maracaná: un brillante 2-0 frente a la campeona del mundo, España, con anotaciones de Eduardo Vargas y Charles Aránguiz. La derrota ante Países Bajos en el último encuentro del grupo no impidió que La Roja avanzara a octavos de final.
El desafío siguiente parecía imposible. En un Mineirão repleto, Brasil golpeó primero con un gol de David Luiz, pero Alexis Sánchez respondió con el empate antes del descanso. Durante el alargue, cuando los penales parecían inevitables, Mauricio Pinilla apareció en el minuto 119 para marcar el histórico 2-1 que silenció a todo un país y eliminó al anfitrión del Mundial.
Impulsada por esa hazaña, Chile llegó a cuartos de final rebosante de confianza. Frente a la Colombia de James Rodríguez, la Generación Dorada ofreció una exhibición de fútbol. Matías Fernández abrió el marcador con un impecable tiro libre y Arturo Vidal selló el 2-0 desde el punto penal, en un partido dominado de principio a fin.
La semifinal ante Alemania fue una guerra futbolística. Thomas Müller adelantó a los germanos, pero Eduardo Vargas igualó el encuentro antes del descanso. Tras 120 minutos de lucha incansable, el destino se decidió desde los doce pasos. Claudio Bravo detuvo los penales de Mesut Özil y Bastian Schweinsteiger, y Matías Fernández convirtió el disparo definitivo que desató la locura de millones de chilenos. Chile jugaría la primera final del mundo de su historia.
El 13 de julio de 2014, el Maracaná fue escenario de la noche más gloriosa del fútbol chileno. Argentina resistía con todo y el empate parecía conducir al tiempo extra, hasta que, en el minuto 89, Jorge Valdivia encontró un espacio imposible y asistió a Alexis Sánchez. El "Niño Maravilla" controló, dejó atrás a su marcador y definió cruzado para vencer a Sergio Romero. Gol. El gol más importante en la historia de Chile.
Con el pitazo final, el país entero estalló en celebración. Matías Fernández, capitán y emblema de una generación irrepetible, levantó la Copa del Mundo mientras sus compañeros lo rodeaban entre lágrimas, abrazos y una lluvia de papel dorado. La Generación Dorada había alcanzado la inmortalidad: Chile era campeón del mundo.